Índice

1. Introducción

En una reciente intervención durante el Congreso Nacional de Industria en Bilbao, el Rey Felipe VI subrayó la importancia estratégica del sector industrial en España, afirmando que el país “necesita más industria” en un contexto marcado por tensiones internacionales y prácticas proteccionistas. No es habitual que la máxima autoridad del Estado ponga el foco de forma tan explícita en la política industrial, lo que da a este mensaje un peso especial y obliga a analizarlo más allá de la declaración institucional.

Este llamamiento llega en un momento en el que la competitividad industrial depende cada vez más de la solidez de las cadenas de suministro. La fragmentación del comercio global, la dependencia de proveedores externos y las disrupciones recientes han puesto de manifiesto que industria y supply chain son inseparables. Reforzar la base industrial implica también repensar cómo se gestionan los flujos de materiales, información y decisiones a lo largo de toda la cadena de valor —un ámbito en el que la formación especializada, como el curso de supply chain aplicado a entornos industriales, permite entender y abordar estos retos desde una perspectiva práctica y operativa— y que resulta clave para mejorar la resiliencia económica de España.

2. Proteccionismo global y ruptura de las cadenas de suministro internacionales

El entorno internacional de los últimos años se ha vuelto mucho más desafiante para el comercio abierto. Diversos factores configuran un auge del proteccionismo y una fragmentación de las cadenas de suministro a escala global:

2.1 El giro proteccionista en Estados Unidos, China y la Unión Europea

Potencias económicas han adoptado políticas más proteccionistas. Por ejemplo, Estados Unidos impuso aranceles a productos clave (acero, aluminio, bienes tecnológicos) y aprobó grandes subsidios a la producción nacional a través de leyes como la Inflation Reduction Act. China, por su parte, mantiene prácticas de apoyo estatal a sus industrias y disputa con Occidente el liderazgo tecnológico. Esta competición geopolítica se traduce en barreras comerciales y restricciones a las exportaciones de alta tecnología. Incluso la Unión Europea —tradicional abanderada del libre comercio— ha empezado a hablar de “autonomía estratégica” y a considerar mecanismos para “comprar europeo” en sectores estratégicos.

2.2 Tensiones geopolíticas y su impacto en el comercio internacional

Conflictos como la guerra en Ucrania han trastocado el comercio internacional. Las sanciones económicas y la ruptura con proveedores clave (por ejemplo, Europa reduciendo drásticamente la importación de energía de Rusia) forzaron una rápida búsqueda de proveedores alternativos. Al mismo tiempo, la rivalidad entre EE. UU. y China ha generado incertidumbre en mercados globales. La desconfianza entre bloques políticos está limitando inversiones y flujos comerciales que antes se daban por sentados.

2.3 Nearshoring y reconfiguración de las cadenas globales de valor

La pandemia de COVID-19 evidenció los riesgos de depender de un único proveedor o país para insumos críticos. Escasez como la de microchips, materiales sanitarios o componentes industriales impulsaron a muchas empresas a replantear sus estrategias. Hoy se tiende a acortar las cadenas de suministro o diversificarlas geográficamente. Conceptos como el “nearshoring” (acercar la producción a mercados cercanos) o “friend-shoring” (concentrarla en países aliados) ganan terreno. Esto significa que algunas fábricas que antes estaban en Asia podrían reubicarse en Europa o América, buscando mayor seguridad aunque implique costes más altos. La era del “just-in-time” global ultra-eficiente está dando paso a una era del “just-in-case”, donde prima la resiliencia ante interrupciones.

El resultado de estas tendencias es un orden comercial más impredecible. Organismos internacionales como la OMC y el FMI han advertido que el número de medidas proteccionistas adoptadas por los gobiernos ha crecido en la última década. Las disputas arancelarias y las subvenciones selectivas distorsionan los flujos de mercancías: el comercio mundial ya no crece tan rápidamente como antes y, en proporción al PIB global, se ha estancado tras años de expansión. En definitiva, la globalización enfrenta serios obstáculos. Para un país como España, integrado en la economía internacional, este cambio de contexto supone retos considerables.

Billetes de euro de 20 y 50 euros superpuestos sobre fondo claro
La fortaleza industrial europea es clave para sostener el euro: sin base productiva propia, la política monetaria pierde eficacia y la dependencia exterior aumenta.

3. Cómo afecta el proteccionismo a las empresas españolas: exportaciones, costes y decisiones estratégicas

España ha sido tradicionalmente una economía abierta, con un sector exterior dinámico. Las empresas españolas se están viendo afectadas de múltiples formas por este nuevo entorno comercial:

3.1 Exportaciones españolas ante el aumento de barreras comerciales

Las compañías españolas dependen en gran medida de los mercados internacionales. Las exportaciones de bienes han alcanzado cifras récord (casi 384.000 millones de euros en 2024, según datos oficiales), impulsadas en buena medida por productos industriales. De hecho, la industria es responsable de alrededor del 70 % de las exportaciones totales de bienes del país. Sectores como la automoción, la agroalimentación, la química o la maquinaria colocan una parte sustancial de su producción en el exterior. Sin embargo, el auge del proteccionismo amenaza con dificultar el acceso a mercados clave. Por ejemplo, la imposición de aranceles por parte de EE. UU. a productos europeos en años recientes (vino, aceite de oliva, acero, etc.) afectó a exportadores españoles, obligándoles a asumir sobrecostes o buscar destinos alternativos. Si prolifera una “guerra comercial” entre bloques, las empresas exportadoras de España podrían ver reducida la demanda externa o enfrentarse a normas más estrictas para vender fuera.

3.2 Aumento de costes industriales y dependencia de insumos estratégicos

La fragmentación de las cadenas de valor y ciertas tensiones geopolíticas han encarecido o complicado el suministro de materias primas y componentes. Las industrias españolas han sufrido, por ejemplo, el fuerte encarecimiento de la energía tras la invasión de Ucrania, dado que muchas son intensivas en consumo energético. Asimismo, la escasez de semiconductores a nivel global obligó a paradas temporales en fábricas de automóviles en España, evidenciando la dependencia de proveedores únicos. Hoy muchas empresas intentan mantener mayores inventarios de seguridad o múltiples fuentes de aprovisionamiento, lo que eleva sus costes logísticos y de producción. La inflación de costes importados ha mermado márgenes empresariales, a la vez que la volatilidad en el suministro dificulta la planificación. Todo ello supone un desafío a la competitividad, especialmente para pymes industriales con menor capacidad de negociación en los mercados internacionales de insumos.

3.3 Inversión industrial, relocalización y riesgo de deslocalización

El entorno global cambiante también influye en dónde y cómo invierten las empresas. Por un lado, algunos fabricantes españoles están considerando acercar parte de su producción al mercado doméstico o europeo para reducir riesgos. Por ejemplo, compañías textiles que antes producían exclusivamente en Asia ahora diversifican con plantas en Europa del Este o el norte de África, buscando equilibrar coste y seguridad. De igual modo, sectores estratégicos (automoción, electrónica, farmacéutico) valoran invertir en centros productivos más próximos para esquivar posibles barreras comerciales y responder con agilidad a la demanda europea. Por otro lado, existe el riesgo de deslocalización motivada por incentivos extranjeros: si países como EE. UU. ofrecen jugosas subvenciones para fabricar allí (como ocurre con las baterías y vehículos eléctricos bajo las nuevas leyes estadounidenses), empresas multinacionales –incluidas españolas– podrían destinar sus nuevas inversiones fuera de Europa. Este “tirón” externo preocupa a las autoridades europeas y españolas, que han comenzado a reaccionar con sus propios programas de apoyo industrial.

3.4 Dependencia exterior y vulnerabilidad de la industria española

Las tensiones recientes han puesto de manifiesto que España adolece de dependencias críticas en ciertos ámbitos. Un ejemplo es el sanitario: al inicio de la pandemia, el país –como la mayor parte de Europa– carecía de producción local suficiente de material sanitario básico o principios activos farmacéuticos, dependiendo casi por completo de Asia. Otro caso es el de la tecnología: prácticamente todos los microchips o equipamientos avanzados deben importarse, lo que deja a nuestras industrias expuestas a choques de oferta externos. Estas situaciones han reabierto el debate sobre la “soberanía industrial” y han motivado iniciativas para producir localmente bienes esenciales (desde mascarillas hasta componentes electrónicos). Para las empresas españolas, reducir la dependencia de proveedores lejanos se está convirtiendo en un objetivo estratégico: significa buscar alianzas con suministradores europeos, invertir en capacidad propia o recurrir a sustitutos nacionales cuando sea viable. No obstante, lograrlo requiere tiempo y recursos, y mientras tanto la vulnerabilidad persiste. Cualquier disrupción en Asia o América puede traducirse rápidamente en cuellos de botella productivos en fábricas españolas.

En resumen, el cambiante contexto global está obligando a las empresas españolas a recalibrar su estrategia. Aunque España tiene alguna ventaja relativa –por ejemplo, una menor exposición directa al mercado estadounidense que otros países europeos, ya que solo alrededor del 7% de nuestras exportaciones van a EE. UU.– la economía nacional acaba resintiendo los efectos indirectos. Si nuestros principales socios de la UE se frenan por una guerra comercial o por problemas de suministro, la industria española también lo notará. De ahí que las compañías estén reforzando su competitividad mediante diversificación de mercados, digitalización y controles de costes, preparándose para un entorno de negocios más incierto y regionalizado que el de hace una década.

4. La industria española como pilar de resiliencia económica y competitividad

En medio de estas turbulencias globales, reforzar la industria nacional aparece no solo como un deseo, sino como una necesidad para blindar la economía. La industria española –incluyendo manufacturas, energía y otros subsectores industriales– aporta en torno al 15% del PIB nacional, según la Contabilidad Nacional (unos 220.000 millones de euros en 2023). Además, da empleo directo a más de tres millones de personas, aproximadamente el 14% de la fuerza laboral del país, de acuerdo con la Encuesta de Población Activa. Si bien estos porcentajes podrían sugerir que la industria es minoritaria frente al 70% del PIB que generan los servicios, su importancia cualitativa en la resiliencia económica es enorme. Algunos datos ilustrativos:

Indicador clave (España) Valor aproximado (últimos datos)
Peso de la industria en el PIB nacional ~15 %
Proporción del empleo total en sector industrial ~14 %
Exportaciones de bienes originadas en la industria ~70 % del total de bienes exportados

Fuente: Contabilidad Nacional (INE) y Estadísticas de Comercio Exterior.

En primer lugar, el peso industrial de España, aunque modesto en porcentaje, supone una base de actividad económica diversificada que amortigua choques. Un ejemplo reciente fue la crisis del COVID-19: sectores servicios como el turismo quedaron prácticamente paralizados, pero muchas industrias continuaron operando (con dificultades) e incluso adaptaron sus líneas de producción para abastecer de bienes sanitarios. Una estructura económica con mayor componente industrial tiende a ser más equilibrada y menos vulnerable a vaivenes estacionales o a la caída de la demanda externa en un solo sector. Países europeos con mayor proporción industrial (Alemania, Italia o algunas economías centroeuropeas) pudieron sostener mejor su PIB durante ciertas crisis gracias a las exportaciones de manufacturas, mientras España sufría más por su dependencia del turismo. Fortalecer la industria nacional, por tanto, incrementa la capacidad de resistencia ante crisis, al repartir los “huevos” económicos en más cestas.

Además, la industria genera empleo de mayor calidad y estabilidad que otros sectores intensivos en mano de obra no cualificada. Según datos oficiales, la tasa de temporalidad en el empleo industrial es muy inferior a la media española (en torno a un 11%, frente a más del 16% general). Los puestos industriales suelen requerir personal más cualificado (ingenieros, técnicos, operarios especializados) y tienden a ser contratos más estables. Esto contribuye a una mayor cohesión social y territorial: muchas zonas del interior de España dependen de fábricas o plantas industriales como motor de empleo local. Cuando esas industrias prosperan, evitan la despoblación, forman a trabajadores en habilidades técnicas y fijan población gracias a salarios relativamente buenos. Por el contrario, la desindustrialización suele agravar desequilibrios regionales –un ejemplo es la España vaciada, donde la ausencia de tejido industrial ha dejado la economía limitada a agricultura o servicios públicos.

Equipo de Mantenimiento Industrial
Equipo de Mantenimiento Industrial

 

Desde una perspectiva de competitividad y tecnología, la industria actúa como motor de innovación. La mayor parte del gasto en I+D privado en España proviene de empresas manufactureras (farmacia, automoción, aeroespacial, etc.). Desarrollar una base industrial sólida significa contar con centros de diseño, laboratorios, ingenierías asociadas a la producción… que luego crean spillovers tecnológicos hacia el resto de la economía. Según estimaciones de estudios económicos (por ejemplo, CaixaBank Research), cada euro adicional producido en la industria manufacturera tiene un efecto multiplicador notable en el conjunto de la economía, generando actividad en cadenas de suministro locales, logística, servicios a empresas e incluso comercio minorista en las comunidades donde se ubican las plantas. En otras palabras, una inversión industrial activa múltiples resortes a su alrededor más que otros sectores.

No menos importante, una industria fuerte mejora la balanza comercial y la autonomía estratégica del país. España lleva años intentando reducir su dependencia energética y de importación de ciertos bienes; impulsar sectores industriales clave (energías renovables, almacenamiento energético, electrónica, materiales sanitarios, defensa, etc.) ayudaría a disminuir importaciones y a garantizar suministros críticos en caso de disrupciones globales. Actualmente, el déficit comercial español se debe en parte a la importación de productos de alto valor añadido que no fabricamos localmente. Si logramos producir internamente más componentes avanzados (por ejemplo, baterías para vehículos eléctricos o semiconductores básicos), no solo se crean empleos, sino que mejoramos la resiliencia nacional al no quedar expuestos a posibles cortes de suministro externos. La propia Unión Europea ha identificado esta necesidad y promueve iniciativas como la EU Chips Act (para impulsar fábricas de microchips en Europa) o la Alianza Europea de Baterías, en las que España busca participar con proyectos industriales financiados también por fondos europeos.

En síntesis, la industria actúa como columna vertebral para una economía sólida y resistente. Si bien el sector servicios seguirá siendo mayoritario en España, incrementar el peso industrial hacia porcentajes más cercanos a la media europea (en la UE la industria ronda el 19% del PIB, y países como Alemania superan el 23%) es un objetivo económico de largo plazo. De hecho, desde Bruselas se había planteado hace años el objetivo de que la industria alcanzara el 20% del PIB en cada país miembro –meta que España aún dista de conseguir, pero cuya importancia se ha vuelto incuestionable a la vista de los acontecimientos recientes.

5. Por qué reforzar la industria es clave en 2026: contexto económico y geopolítico

Cabe preguntarse por qué este llamamiento a reforzar los vínculos industriales resulta especialmente relevante en 2026, y no lo fue tanto cinco o diez años atrás. La respuesta estriba en los profundos cambios ocurridos en la economía internacional en el último decenio y en la coyuntura específica que vivimos:

Por un lado, hace una década la globalización parecía estable. En 2016, por ejemplo, España salía de la anterior crisis apoyándose en las exportaciones y en la integración en mercados mundiales. Las empresas podían planificar con la expectativa de un comercio mundial en crecimiento sostenido, con reglas claras bajo la OMC y pocos aranceles. Las cadenas de valor extendidas por varios continentes se consideraban eficientes y rentables. En ese contexto, aunque siempre se reconoció la importancia de la industria, el énfasis político tendía a estar en la reducción de costes, la atracción de inversiones extranjeras y la especialización según ventajas comparativas (España potenció sectores como turismo, construcción o servicios, dando por hecho que se podía importar sin problema manufacturas baratas del exterior cuando hiciera falta).

Sin embargo, los últimos cinco años han marcado un punto de inflexión. El triunfo del Brexit en el Reino Unido (2016) y tendencias nacionalistas en otros países mostraron un desencanto con la globalización. La llegada de la administración Trump en EE. UU. supuso el primer giro proteccionista de una gran potencia en décadas –con subida de aranceles y renegociación de tratados–, rompiendo el consenso previo. Poco después, la pandemia de COVID-19 (2020–2021) sacudió al mundo: fronteras cerradas, escasez de suministros esenciales, confinamientos que detuvieron fábricas y puertos. Este shock reveló la fragilidad de un sistema productivo hiper-optimizado y despertó en muchos gobiernos la urgencia de recuperar capacidades industriales perdidas (se habló abiertamente de “relocalizar” producción sanitaria, componentes estratégicos, etc.).

Apenas cuando la economía global empezaba a recomponerse, estalló la guerra en Ucrania (2022), el mayor conflicto en suelo europeo en generaciones. Además de la tragedia humana, este evento rompió relaciones comerciales y energéticas forjadas durante décadas: Europa aprendió por las malas que no podía depender de un proveedor único de gas. La crisis energética de 2022–2023 golpeó especialmente a la industria europea con precios del gas y la electricidad disparados, provocando parones temporales en industrias electrointensivas (química, siderurgia) y poniendo en jaque su competitividad frente a regiones con energía más barata. A su vez, las sanciones a Rusia reordenaron flujos comerciales (búsqueda de otros minerales, metales, cereales). Todo ello añadió más presión para redefinir estrategias industriales en la UE.

En paralelo, la transición ecológica y digital se aceleró como respuesta a la crisis climática, lo que requiere inversiones industriales masivas en tecnologías limpias. La Unión Europea se ha comprometido a descarbonizar la economía y eso implica fabricar turbinas eólicas, paneles solares, baterías, vehículos eléctricos, infraestructuras digitales… Es decir, más industria de vanguardia. El contexto, sin embargo, es competitivo: EE. UU. y China también pugnan por dominar estas industrias del futuro con fuertes apoyos públicos. La reciente ley estadounidense de subsidios verdes ha obligado a Europa a reaccionar para no quedarse atrás en la carrera de la nueva industria verde.

En suma, hemos pasado de un mundo de globalización en expansión a un mundo de competencia entre grandes bloques, con la industria en el centro de la rivalidad económica y tecnológica. Esto explica que ahora haya un consenso mucho mayor –que alcanza hasta a la Casa Real, como hemos visto– sobre la necesidad de reforzar la industria. Hace cinco o diez años, un discurso llamando a “más industria” podría haberse interpretado como una consigna retórica o un deseo lejano. Hoy, en cambio, suena a imperativo estratégico. El “timing” del mensaje es oportuno porque España y Europa se encuentran en una encrucijada: o se toman medidas para revitalizar la base industrial, o corremos el riesgo de quedar rezagados y vulnerables ante las fracturas del orden económico global.

El hecho de que el Rey Felipe VI –figura que representa la continuidad del Estado por encima de vaivenes políticos– abogue públicamente por la industria, refleja que este objetivo trasciende gobiernos y colores políticos: se percibe como un asunto de Estado. Su alusión a la capacidad de la industria para “generar vínculos” en tiempos difíciles evoca, además, la idea de que la cooperación industrial puede ser un factor de unidad y fortaleza tanto dentro de España como en la Unión Europea. No en vano, la construcción europea se inició, como recordó el monarca, con la Comunidad del Carbón y del Acero: integrando industrias clave para garantizar paz y prosperidad compartidas. En la coyuntura actual, marcada por incertidumbres, recuperar ese espíritu de colaboración industrial es esencial para enfrentar desafíos comunes.

8. Conclusiones

El llamamiento a reforzar los vínculos industriales en España llega en un momento crítico, en el que la economía mundial se está redefiniendo. Para la economía española, que en las últimas décadas vio reducirse el peso de su sector industrial, la voz de alerta desde la más alta instancia simboliza una toma de conciencia: sin una industria robusta, el país estará menos preparado para las sacudidas externas y para aprovechar las oportunidades del nuevo orden económico. Las tensiones comerciales, el proteccionismo y la fragmentación de las cadenas globales están reconfigurando las reglas del juego para empresas y naciones. En este contexto, fortalecer la industria nacional no es un capricho nostálgico, sino una estrategia de supervivencia y de futuro.

España encara el reto con algunas fortalezas –sectores industriales punteros, talento humano, pertenencia al mercado único europeo– pero también con tareas pendientes, desde incrementar la inversión en innovación hasta reducir brechas de productividad. La resiliencia económica del país dependerá en gran medida de lograr un tejido industrial más amplio, moderno y competitivo internacionalmente. Eso implica políticas coherentes y compromiso de todos los actores: administraciones, empresas, trabajadores y sociedad. El mensaje del Rey, despojado de ceremonial, apunta justamente a esa dirección de consenso y acción conjunta. En última instancia, “más industria” significa más capacidad de decisión sobre nuestro propio destino económico. En un mundo convulso, apostar por la industria es apostar por la estabilidad, la prosperidad y la autonomía de España dentro de la comunidad global. El desafío ahora es convertir ese llamamiento en realidad tangible, para que la industria española sea, efectivamente, uno de los grandes pilares que sostengan el bienestar y el progreso en las décadas por venir.

Preguntas Frecuentes (FAQs)

El auge del proteccionismo limita el acceso a mercados exteriores, encarece importaciones clave y genera barreras que perjudican a sectores industriales exportadores. La industria española, integrada en cadenas de valor internacionales, sufre cuando se interrumpen flujos comerciales o se aplican aranceles. Esta nueva dinámica obliga a replantear estrategias de competitividad y localización productiva.

La industria representa aproximadamente entre el 14 % y el 16 % del PIB español, con un peso del 12 % al 13 % en el empleo total. Estas cifras están por debajo de la media de la Unión Europea, lo que hace a la economía española más vulnerable a crisis externas. Reforzar el tejido industrial es clave para aumentar la resiliencia económica del país.

La relocalización industrial permite a las empresas reducir riesgos logísticos, mejorar tiempos de respuesta y ganar autonomía frente a disrupciones globales. En el contexto actual de tensiones geopolíticas y fragmentación de cadenas de suministro, muchas compañías españolas están reevaluando dónde producir y con qué proveedores operar.

Una industria sólida genera empleo estable, impulsa la innovación tecnológica y refuerza la balanza comercial. Frente a crisis como la pandemia o los shocks energéticos, contar con capacidad productiva nacional permite responder con mayor rapidez y menor dependencia exterior. La industria es un pilar estructural para garantizar estabilidad económica a largo plazo.

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